Antonia – Capitulo 5
22/07/2012 | Por: Traductora | Publicado en: Sin categoría
Ellas golpeaban las gradas y hacían mucho ruido. Yo no creía que tendrían coraje para hacer tal cosa… Pero, hicieron. Diez mujeres se echaron arriba de ella. Una bajita muy brava rasgó en pedazos la camiseta de Ana y ató sus brazos y piernas. Ella quedó con los brazos y piernas amarrados en su espalda. Le dieron muchas patadas en su barriga, me pareció que ella estaba embarazada. Levantaron su cabeza hacia atrás tirando de sus cabellos, y le dieron muchos golpes en la boca. Había mucha sangre en el piso. Sus ojos se quedaron enormes y muy morados. Me di cuenta que ella estaba sin fuerzas… se estaba muriendo…
Empecé a llorar en el rincón de la pared. Deseaba socorrerla, pero si yo hablase cualquier cosa, seguramente seria la próxima. ¡Cuanta desesperación! Mi corazón no estaba aguantando ver todo aquello. Yo no conocía la chica, pero por peor que fuera, nadie tenía el derecho de matarla así.
Creo que todas ellas estaban acostumbradas a ver aquellas escenas. Mientras unas tomaban sol, otras hablaban sin mirar el centro del patio. Yo, desesperada viendo todo aquello. Me acordé de mi hermana. En aquel momento una policía gritó. Con el arma en manos, gritó para que todas saliesen de allí. De tras de ella llegaron siete policías hombres, todos con armas en las manos.
Salieron rápido y riéndose. Los policías arrastraron a Ana para fuera del patio. Solo escuché el ruido fuerte que hacen los carros de policías. Pienso que la llevaron al hospital.
Al siguiente día, recibimos la noticia que Ana se había muerto, no soporto tantas heridas. Realmente ella estaba embarazada de tres meses y tenía una hija de siete años. ¡Pobre hija, pobre Ana! Es de esa manera que viven esas mujeres, sin esperanza, sin vida…
Trajeron la comida. Yo tenía mucha hambre. Estaba dos días sin comer. En el primer día, las presas de la celda comieron mi comida, en el segundo día, nos castigaron por lo que pasó con Ana y no nos dieron comida.
Ni esperé la comida llegar. Puse los brazos hacia fuera de la celda y alcancé mi vianda. Ni esperé tenedor, comí con las manos, por tanta hambre.
Mis manos olían a aceite, mi boca estaba amarga, pero mi estomago estaba lleno, el hambre se fue.
Me limpie en mi camiseta vieja y rasgada que estaba en mi cuerpo ya a tres días. Olía mal. Yo estaba sucia. Deseaba bañarme, pero el agua es racionada y tiene un sabor horrible de cloro. En la noche sirvieron papilla sin azúcar. El sabor era horrible, pero comí de igual manera.
Empezó otro día. Pusieron el desayuno por las gradas. Una bolsita chica con leche y un pan marchito con margarina, ya derretida por el calor.
Deseaba lavarme los dientes. Tenía mal aliento y sudaba por todo el cuerpo. A causa de eso una de ellas me empezó a mirar de forma rara, la mirada no parecía humana. Ella se transformó y se me echó en cima. Una mujer de unos 90 quilos me tomó por el cuello, me levantó y me echó al piso. Pateándome la panza me fue echando hasta la pared. Me quedé sin reacción. El miedo se estampo en mi rostro. Me encogí intentando protegerme, cuando de repente, ella se apartó de mi y se fue. Nadie reaccionó. Estaban conversando y allí permanecieron.
En aquella noche lloré de tanto dolor, no había nadie que me diera un medicamento o que me cuidara. Me acordé de mi mamá que me hacía té cuando me dolía la panza. Me tomaba en su regazo y me hacía masajes con sus santas manos…
En la cárcel somos solas. No hay en quién confiar. No somos queridas. Hasta los familiares de las presidiarias las odian y las condenan. La celda es muy chica, son como cinco pasos para la derecha y cuatro pasos para la izquierda. Éramos doce chicas en ese espacio…



